La compleja construcción del paso de San Gotardo también cuenta la historia de la movilidad humana. En los primeros siglos después de la apertura de la Garganta de Schöllenen, alrededor del año 1200, comerciantes y peregrinos todavía cruzaban el paso a pie. Pero según iba aumentando la demanda de bienes, los caminos se ampliaron y se hicieron adecuados para caballos y bueyes. Las primeras carreteras aparecieron en la década de 1830, lo que marcó el comienzo de la era de la diligencia. Una era que llegó a su fin en 1882, cuando el ferrocarril de Gotardo comenzó a operar a través del túnel recién construido.

A comienzos del siglo XX los automovilistas empezaron a utilizar el paso y la carretera mejoró para atender las nuevas necesidades del tráfico rodado. Con el auge del transporte individual y el turismo de masas en las décadas de 1940 y 1950, la carretera de Gotardo adquirió su forma actual. En 1980, el primer túnel para vehículos de transporte privado y comercial a través del macizo del Gotardo había reducido a 15 minutos lo que antaño era un arduo viaje de varios días a través de los Alpes.

Hoy, tras el volante, Gotardo constituye una especie de museo gigante al aire libre con más de 800 años de cultura e industria. Los sinuosos y precarios senderos que discurrían por la topografía alpina han evolucionado, a lo largo de los siglos, hasta convertirse en auténticas obras de ingeniería y arquitectura.

Paso de San Gotardo, 2019, Porsche AG

No deja de ser irónico que ahora usemos estas viejas rutas para recorrerlas en coches deportivos con el único objetivo de vivir los desafíos de esos tramos antes tan temidos y agotadores. En este momento queremos deleitarnos una y otra vez con el famoso Puente del Diablo o el revirado zigzag de Tremola, construido para acortar el tiempo de viaje entre el norte y el sur.

Los lugareños de épocas pasadas se quedarían perplejos. Pero es este anhelo de vivir experiencias sin filtro lo que nos lleva hoy al paso de Gotardo al volante de un 356 Speedster, cuyo minimalismo nos acerca tanto a la carretera como a la montaña misma. Y es el rugido de su motor, el olor a gasolina, las sensaciones que transmite la dirección, la transmisión y los frenos, lo que nos hace girar la llave de contacto en un 911 Carrera RS y un 906.

918 Spyder, 906, Paso de San Gotardo, 2019, Porsche AG

Igual de directo, receptivo, elemental y esencial, el nuevo 991 Speedster se une a esta caravana de valor incalculable. Con sus aptitudes de gran turismo y su perfil recortado, es el mirador ideal para estimular los sentidos por esta ruta alpina.

Al volante de los clásicos ligeros y ágiles se tiene una idea de cómo debían de sentirse los conductores hace 50 años al cruzar San Gotardo en dirección sur: la ascensión por el salvaje desfiladero de Schöllenen, pasando por el extenso valle de Urner y llegando, finalmente, a ver los primeros paisajes de Italia hacia los valles del Tesino.

Pero basta con saltar del clásico refrigerado por aire al moderno 911 Speedster para ver cómo esa nostalgia de atravesar la carretera a cámara lenta desaparece y deja paso a unas ganas irresistibles de disfrutar de las más altas prestaciones. Devorando el asfalto a su paso, el propulsor de 4.0 litros y seis cilindros ruge tras la cabeza del conductor. En este entorno, el moderno Speedster recorre la montaña con reservas de potencia aparentemente ilimitadas, aceleraciones instantáneas y una frenada inagotable.

Speedster de 1957 y de 2019, Paso de San Gotardo, 2019, Porsche AG

En cualquier caso, tanto si se trata de la pieza de museo como de los futuros clásicos de vanguardia, las grandes recompensas del Paso no provienen de superar los límites de la física, sino de disfrutar el paisaje con la ayuda de una máquina aparentemente creada para ese propósito.

El paso de San Gotardo esconde grandes historias de nuestros antepasados ​​en su agotador viaje a través del desfiladero de Schöllenen; de la diligencia amarilla del Swiss Post al galope a través de las curvas de Tremola. Evoca los sonidos y olores de la locomotora de vapor negra que avanza por los túneles en espiral sobre Wassen y los primeros automovilistas que emergen de las nubes de sus propios rastros de polvo. Nos recuerda cómo los atronadores convoyes militares dieron paso a los autobuses turísticos de la posguerra que se dirigían a las soleadas costas italianas.

Algún día, incluso el 911 Speedster no será más que un recuerdo borroso, una imagen nostálgica de una época pasada y otra nota a pie de página en la larga e ilustre historia del Gotardo. Pero, por ahora, es una realidad no diluida por el tiempo. Visceral, emocional, la forma perfecta de atravesar estas carreteras.

Info

Fotografías de Stefan Bogner

Artículos relacionados

Solo puede haber dos
Historia

Solo puede haber dos

Dos Porsche 911 Speedster pertenecientes a dos generaciones (993 y 991), cara a cara en la terraza del Museo Porsche ubicado en Zuffenhausen.