En resumen
- A través de “Racing for Charity”, el equipo Porsche Fórmula E dona dinero a organizaciones solidarias por cada vuelta de carrera que completan.
- Uno de los beneficiarios es Kinderherzen retten e.V., que proporciona tratamientos que salvan vidas a los niños.
- La piloto de pruebas Gabriela Jílková visita el Centro Cardiológico Infantil de Friburgo y comprueba el impacto del apoyo del equipo.
Cuando está en el simulador, es poco probable que Gabriela Jílková esté pensando en cirugías cardíacas. La piloto checa de 31 años está totalmente centrada en los tiempos por vuelta y los datos de configuración. Durante años, ha estado probando el Porsche 99X Electric, acumulando cientos de kilómetros en el puesto de conducción digital, pero también en circuitos reales. Los datos recopilados en el transcurso de su trabajo garantizan que los pilotos oficiales Pascal Wehrlein y Nico Müller estén bien preparados para cada carrera.
“Racing for Charity”: donaciones por cada vuelta completada
Esta temporada, el trabajo del equipo Porsche Fórmula E ha adquirido una nueva dimensión, dado que ahora recauda fondos a través de la iniciativa “Racing for Charity” —hasta ahora solo se hacía en las 24 Horas de Le Mans—. Por cada vuelta de carrera completada, la compañía aporta 400 euros a un fondo que, posteriormente, se reparte entre tres organizaciones benéficas: Kinderherzen retten e.V., Interplast Germany e.V. y la Fundación Ferry Porsche. A finales de abril, Porsche lleva registradas 388 vueltas, lo que supone una recaudación de 155.200 euros.
Jílková ha visitado el Centro Cardiológico Universitario de Friburgo con el objetivo de conocer de primera mano la importante labor que lleva a cabo Kinderherzen retten e.V., así como el impacto de las donaciones de “Racing for Charity”. Allí ha conocido a Marek, de 13 años, en el Departamento de Cardiopatías Congénitas y Cardiología Pediátrica.
Kinderherzen retten e.V. fue fundada en 2002 por el Dr. Friedhelm Beyersdorf, entonces catedrático de Cirugía Cardíaca en el Hospital Universitario de Friburgo. Su misión era ampliar los servicios de cirugía cardíaca del hospital, incluyendo la creación de una unidad pediátrica.
“La cirugía cardíaca pediátrica es especial en sí misma”, afirma Beyersdorf. “No es posible en todas las partes del mundo. Pero nuestro personal puede hacerlo”. Explica su motivación: "En Alemania estamos relativamente bien posicionados. Creo firmemente que todos y cada uno de nosotros podemos —y debemos— devolver algo a la sociedad”.
Por eso, tanto él como sus colegas trabajan para ayudar a los niños de países menos desarrollados siempre que es posible. “Allí, los más pequeños mueren por afecciones que nosotros podemos tratar con relativa facilidad con los recursos de que disponemos”, asegura. La necesidad es enorme: alrededor del uno por ciento de todos los recién nacidos nacen con una cardiopatía congénita.
Salvar corazones infantiles: ayuda para Marek
Cuando se le pregunta qué desea para la vida de su hijo Marek, Maryna Kharytonava lo tiene claro: “Que sea una buena persona”. Por ahora, ese deseo parece estar haciéndose realidad. Marek tiene 13 años y es un adolescente perfectamente normal. Le gustan el fútbol y su perro; por el contrario, no le gusta tanto acudir al colegio y parece un poco tímido con los desconocidos. Ya muestra los primeros signos de madurez, aunque sigue reaccionando con alegría infantil ante el buen tiempo de este día de primavera en Friburgo, recogiendo margaritas en el césped que hay frente al hospital universitario. Cuando Jílková le entrega un puzzle en 3D de un Porsche 911, sus ojos se iluminan.
Sin embargo, la historia de Marek es todo menos corriente, algo que su madre sabe muy bien. Para ella, él es un verdadero triunfo, fruto de la medicina, la buena voluntad, la amistad y la generosidad. “Sin el apoyo de tanta gente buena y la labor de Kinderherzen retten e.V., mi hijo ya no estaría vivo”, afirma con la voz ligeramente temblorosa.
La doctora Brigitte Stiller, Directora Médica del Departamento, recuerda muy claramente febrero de 2013: fue entonces cuando Marek nació, en Friburgo. “Sabíamos que tenía una cardiopatía congénita”, recuerda. Una afección que debía corregirse con urgencia. “Al quinto día de vida, se sometió a una importante operación de corazón. Sin esa cirugía, probablemente Marek habría fallecido en las dos primeras semanas de vida”, afirma.
En su país natal, Bielorrusia, no habría habido ninguna posibilidad de salvar a Marek. Cuando se le diagnosticó la cardiopatía durante el embarazo, los médicos de Minsk desestimaron el caso, alegando que no podían hacer nada. Los padres de Marek, Maryna y Genia, comenzaron a escribir cartas a amigos y conocidos, recaudando donaciones por toda Europa, buscando información y estableciendo contactos. Tras muchos rodeos, su madre llegó finalmente a Friburgo, donde conoció a Brigitte Stiller y a la asociación Kinderherzen retten e.V. A día de hoy, afirma, sigue impresionada por las posibilidades que ofrece Alemania.
Trece años después, Marek se enfrenta ahora a otra intervención. Desde su infancia, lleva un stent en una arteria coronaria para mantener el vaso abierto. A medida que crece, es necesario ensanchar esa malla tubular de vez en cuando para adaptarla al aumento de su tamaño corporal. Esto se realiza mediante un catéter cardíaco, ahora por tercera vez. Aun así, la intervención dista mucho de ser una rutina para Marek. Por supuesto que está preocupado y siente un poco de miedo, afirma. Brigitte Stiller le tranquiliza con una palmada en el hombro: “Nos ocuparemos bien de esto”, le promete, sonriendo a su joven paciente.
Apoyo a los niños y sus familias
Este optimismo no se basa únicamente en la experiencia médica y la destreza del personal. Todo el centro de cardiología infantil irradia confianza. Los patios de luz y las claraboyas llevan la luz del día hasta lo más profundo del edificio. La clínica está diseñada deliberadamente en torno a las necesidades de los pequeños pacientes y sus familias, y eso va más allá de la excelencia médica.
A lo largo de los años, se ha desarrollado un fuerte sentido de comunidad. Los niños de todo el mundo que llegan a Friburgo con la ayuda de Kinderherzen retten e.V. permanecen vinculados a la clínica de por vida. “Nuestros niños”, dice la profesora Stiller cuando habla de sus pequeños pacientes. “Les apoyamos a ellos y a sus familias durante años. Y muchos de los que estuvieron aquí de bebés son ahora adultos, con hijos propios, y llevan una vida normal”.
Jílková está profundamente impresionada. “Para mí, hoy ha sido algo completamente nuevo. Me ha conmovido mucho conocer a Marek y a su madre, y escuchar su historia”, afirma. La vida en la clínica sigue un ritmo diferente al de los circuitos: más tranquilo, pero igual de intenso. Lo que une ambos mundos, dice, es la determinación de seguir mejorando. “Y de no dejar nunca de luchar”.